En la administración pública, hemos sido formados y muchas veces condicionados, para medir el éxito con base en cifras contables. Ejercer el 100% del presupuesto, cumplir con metas operativas, cerrar calendarios de ejecución. Todo eso es importante, sí, pero no es suficiente. Porque gastar no es transformar, y cumplir con lo programado no siempre significa haber resuelto lo que realmente importa.
La gestión pública tiene que dar un paso más: dejar de enfocarse solo en cuánto se gasta y comenzar a preguntarse qué cambia con ese gasto. ¿Mejoró la calidad de vida de alguien? ¿Se corrigió una injusticia? ¿Se hizo la diferencia en una comunidad que llevaba años olvidada?
Medir el impacto, más allá del ejercicio presupuestal, es un cambio de paradigma. Implica reconocer que el presupuesto es un medio, no un fin. Que lo relevante no es el monto, sino el valor público que se genera. Y para eso, no basta con indicadores administrativos; se necesita calle, contexto y cercanía.
En ese sentido, el Gobierno del Estado de Hidalgo ha apostado por un modelo que rompe inercias y que será presentado esta semana: los Servidores del Pueblo. Se trata de una estrategia territorial que ha puesto a cientos de personas a recorrer comunidades, escuchar a la gente, levantar información real, y generar vínculos directos entre el gobierno y la ciudadanía. Pero no se quedan solo en el diagnóstico. Estos servidores serán también los responsables de operar y dar seguimiento a los Programas del Pueblo, los programas sociales diseñados desde la administración estatal para atender, sin intermediarios, las verdaderas necesidades de la población.
Esto marca un punto de inflexión. Por primera vez en mucho tiempo, quienes escuchan también ejecutan. Quienes están en contacto con la realidad tienen la responsabilidad de actuar sobre ella. Y eso no solo mejora la eficiencia, también permite medir el impacto de forma directa, sin filtros, sin simulaciones.
Porque cuando un programa llega a quien más lo necesita, cuando un apoyo no se pierde en la ruta ni se contamina con intereses ajenos, cuando se resuelve lo urgente y también se atiende lo estructural, entonces sí podemos hablar de transformación.
Evaluar con esta lógica no es cómodo. Exige humildad para reconocer errores, y valentía para corregir el rumbo. Pero también abre la puerta a una nueva etapa en la administración pública: una en la que ya no se presume el gasto, sino el resultado; ya no se maquilla el dato, sino que se escucha la verdad.
En tiempos donde cada peso cuenta, donde la exigencia social es mayor y la confianza en las instituciones está en juego, no podemos conformarnos con cumplir. Tenemos que trascender.
Y para lograrlo, necesitamos volver al origen: servir con propósito, con cercanía y con resultados.