Las Islas Heard y McDonald están ubicadas en el remoto océano Índico, al sur del planeta, y pertenecen a Australia. No tienen puertos, ni población, ni infraestructura. Solo un par de volcanes activos, glaciares y animales silvestres que sobreviven aislados del mundo. Ayer, luego de anunciar una nueva ronda de aranceles “recíprocos” a casi todos los países, Donald Trump incluyó también a estas islas y, con ello, sancionó a sus únicos habitantes: los pingüinos. Según su equipo económico, ellos también tendrán que pagar un 10 % por comerciar con Estados Unidos. La noticia parecería un mal chiste si no expusiera con claridad una realidad mucho más preocupante: la incompetencia.
En su obra Catch-22, Joseph Heller narra el caso de un soldado que muere antes de haber sido registrado oficialmente en su unidad. Como no aparece en los archivos, su muerte no puede reconocerse. No está vivo, pero tampoco muerto. No existe. Es la paradoja del “hombre muerto,” resultado de la mediocridad burocrática. Algo similar ocurre con los aranceles: se imponen sanciones a territorios sin comercio, sin registro económico alguno, sin siquiera presencia humana. Y sin embargo, la administración Trump, como en la novela, actúa como si la lógica no importara. Más allá de lo anecdótico, esta decisión refleja una preocupante incompetencia del liderazgo económico.
La administración Trump ha pasado meses anunciando y justificando su política de aranceles como una medida para, supuestamente, corregir desequilibrios comerciales y proteger los intereses estadounidenses. Sin embargo, detrás de esa narrativa, el anuncio de ayer fue un espectáculo mediático que dejó entrever una mezcla peligrosa de impulsos populistas, nacionalismo económico y cálculo electoral.
En el centro de esta estrategia del trumpismo económico está Howard Lutnik, un hombre con experiencia, sí, pero que ayer dejó entrever su incapacidad para diseñar política pública coherente. Su rol recuerda al de Major Major Major, personaje de Heller en Catch-22, ascendido por error, atrapado en un cargo que ni comprende ni desea, aislado y superado por su entorno. Lutnik no es un improvisado: es alguien cuya trayectoria lo ha preparado para otra cosa, pero a quien se le entregó una responsabilidad para la cual no está preparado.
Prueba de ello es, que la supuesta lógica de reciprocidad que guió esta estrategia de aranceles es, en realidad, profundamente falaz. Las cifras son selectivas, los criterios opacos, y el principio de proporcionalidad completamente ausente. Se castiga a aliados, se desconocen acuerdos comerciales y se dinamitan décadas de diplomacia económica construida a través del consenso. Lejos de un cálculo de aranceles “recíproco,” se utilizó una fórmula simplista para determinar los aranceles. La inclusión de las Islas Heard y McDonald en la lista es, sin dudarlo, el extremo del absurdo.
El riesgo no está solo en los efectos concretos de los aranceles, sino en el precedente: si mañana un equipo sin capacidad, sin estrategia y sin freno institucional puede reconfigurar el comercio global con una lista de sanciones que incluye territorios deshabitados, entonces cualquier cosa es posible. Ya no hay reglas, solo ocurrencias.
En Catch-22, la verdadera tragedia no es solo la burocracia mediocre, sino la incompetencia de quienes la administran. Trump ha llevado ese absurdo a la política comercial: si existe una relación comercial, es injusta; si no existe, es sospechosa. Así se justifican sanciones sin evidencia, se castigan territorios sin comercio y se habla de “reciprocidad” cuando lo que hay es arbitrariedad. No se trata de estrategia, sino de ineptitud institucionalizada. Como en la novela de Heller, lo que parece sátira termina siendo diagnóstico: cuando los incompetentes mandan, el absurdo se convierte en sistema.
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